14 enero 2026

Abordar las drogas en el cine y la TV

#artículo

AUTOR// Ibai Otxoa Gil, miembro de Ai Laket!!

¿Cómo se suelen abordar las drogas en los medios audiovisuales? ¿Cómo deberían ser abordadas? Son preguntas de difícil respuesta que pueden dar para mucho debate. De hecho, he visto por internet a gente muy indignada con el hecho de que haya películas o series de TV que “romantizan” las drogas, lo que temen que pueda llevar a un aumento de su consumo y de los problemas asociados a ella, sobre todo en el público más joven, al que consideran más influenciable. El término “romantizar”, muy de moda últimamente, es un anglicismo no reconocido por la RAE (la traducción más aproximada del inglés “romanticize” que reconoce la RAE sería “idealizar”), que significaría presentar algo de una manera idealizada o glamourosa, haciéndolo parecer más atractivo, heroico o interesante de lo que podría ser en realidad; aunque he visto usarlo tan a la ligera que me da la sensación de que prácticamente cualquier mención a las drogas que no sea remarcar que son muy peligrosas y muy malas es considerada una forma de “romantizar” por algunas personas.
En este artículo espero poder dar una visión alternativa a este discurso, analizar las premisas más típicas con las que son abordadas las drogas en pantalla y aportar unas pinceladas sobre cuál creo que puede ser la mejor forma de abordar el tema.
Como aclaraciones previas: voy a centrar el artículo en historias narradas en el cine y las series de TV. Los videoclips son un mundo aparte en el que, aunque pueden existir excepciones, normalmente la acción queda muy limitada en su extensión (rara vez pasan de cinco minutos, y parte del metraje se suele centrar en la interpretación musical) y en el desarrollo que se le puede dar al tema, que tiene que ajustarse a la letra de una canción, a menudo ya preconcebida. Además, dependiendo del género musical, la perspectiva desde la que se aborda también puede verse seriamente limitada: en géneros con ritmos más rápidos y en consonancia con los bailes más de moda, por ejemplo, sería mucho más difícil contar una historia dramática, por lo que es más probable que la aparición de drogas en un videoclip se asocie a emociones positivas y alegres. El cine y la TV permiten, por tanto, la posibilidad de desarrollar más detalladamente historias en torno a las drogas.
Me centraré en el consumo recreativo de drogas, principalmente, revisando también algunos ejemplos de consumo medicinal cuando se cruzan con este otro. Se puede hacer una mención también, eso sí, a otros usos de las drogas como elementos narrativos, donde a menudo se han producido exageraciones considerables: pensemos, por ejemplo, en la larga lista de películas y series de TV en las que se usa cloroformo para sedar a alguien y, al contrario de lo que ocurre realmente con esta sustancia, basta con respirarlo unos segundos para quedar inconscientes. O todas las veces que se muestra el pentotal sódico funcionando realmente como un suero de la verdad considerablemente eficaz.
También hay una lista interminable de ejemplos de historias sobre tráfico de drogas y organizaciones criminales formadas en torno a esto, con obras tan conocidas como French connection (1971), Scarface (1983), Ciudad de Dios (2002), Breaking bad (2008-2013)… pero lo que se busca analizar aquí es la forma de abordar los efectos del consumo de drogas (físicos y psicológicos, positivos y negativos), no su tráfico y el mercado negro que pueda surgir entre ellas, que es algo que depende más de la política, la economía y las leyes que de las características de las drogas en sí.
Ahora, existe una pregunta clave: a la hora de contar una historia, ¿ésta debería cuadrar con una moral determinada e incitar al público a seguir dicha moral? Dependiendo de la respuesta que se dé a esta pregunta, que es totalmente subjetiva, el análisis que se haga sobre la forma idónea de abordar las drogas en el cine y la TV puede variar mucho, claro. Así, incluso si se demostrara que, efectivamente, una película que muestra las drogas de forma positiva puede impactar al público de tal forma que lleve a más personas a un consumo irresponsable de drogas y empeore la salud pública, podría haber quien opine que tal película debería ser censurada y quien opine que, aún así, limitar la libertad creativa sigue siendo mala idea y la película debe permitirse.
Con todo, creo que las ideas de este artículo pueden ser más o menos las mismas independientemente de la respuesta que se quiera a dar a esta pregunta, porque uno de los puntos principales es que creo que mostrar efectos positivos de las drogas no supone un problema significativo de cara a que vaya a tener como consecuencia un aumento de los problemas que producen. Creo que, de hecho, censurar las películas y series que muestran efectos positivos de las drogas es contraproducente en términos de salud pública y, lejos de proteger al público, aumenta el peligro.
Hablar únicamente de las consecuencias negativas del consumo de drogas y pasar por alto -o a veces, incluso, negar explícitamente- los efectos positivos puede parecer buena idea en principio para reducir su consumo y los problemas asociados a ella, pero, meditándolo un poco y revisando cuáles han sido los resultados típicos de este tipo de campañas anti-droga, surgen dos grandes inconvenientes. En primer lugar, para quien no va a probar las drogas, surge una incomprensión hacia las personas que sí las consumen (¿por qué alguien querría tomar algo que sólo tiene consecuencias negativas?), lo que puede desembocar en la exclusión social de éstas. Por otro lado, en quien sí prueba las drogas o tiene cerca a quien lo hace y comprueba de primera o de segunda mano que los efectos negativos no son tan dramáticos como le habían contado o existen efectos deseables que le estaban ocultando, surge la desconfianza hacia lo que le habían contado; lo que puede llevar al sentimiento de haber sufrido un engaño y de que todos los efectos negativos y peligros de los que le habían informado son falsos… incluidos los que sí son reales.
Es probablemente por eso por lo que vemos tan a menudo que en los lugares y épocas en los que se da un discurso que sólo habla de los efectos negativos de las drogas, los problemas asociados a ellas suelen empeorar en lugar de mejorar; algo que, creo, puede aplicarse también a cine y TV.
Y, sin embargo, es esta táctica de mostrar sólo los efectos negativos la que más frecuentemente se ha seguido; ya desde El cigarrillo de la locura (1936) vemos que, en ocasiones, en el mundo de cine no sólo se nos buscan mostrar únicamente los efectos negativos de las drogas, sino que incluso pueden ser exagerados hasta un extremo totalmente irrealista y ridículo.
Cuando pensamos en películas sobre drogas, a menudo, lo que nos viene a la mente son películas sobre la heroína, droga estigmatizada por excelencia, que muestra devastadoras consecuencias sobre la salud y las vidas de los protagonistas: El hombre del brazo de oro (1955), Yo, Cristina F. (1981), El pico (1983) y su secuela de 1984, 27 horas (1986), Diario de un rebelde (1995) o Réquiem por un sueño (2000).
Si queremos encontrar ejemplos menos negativos, lo primero que tenemos que mirar, por supuesto, son las drogas legales, que también tienden a ser mucho más aceptadas socialmente.
Aún si hay películas que abordan el alcoholismo, mostrando consecuencias devastadoras -Días sin huella (1945), Días de vino y rosas (1962), Leaving Las Vegas (1995), El vuelo (2012)…-, son muchas más aquellas en las que los personajes hacen un uso moderado del alcohol sin que éste parezca producirles ningún problema.
El tabaco no sólo se ha representado de forma positiva durante décadas, sino que, directamente, el cine ha sido protagonista de una enorme campaña publicitaria pagada por la American Tobacco Company y diseñada por Louis Bernays para mostrar continuamente a las actrices más glamourosas de la época fumando, con el objetivo de aumentar la tasa de consumo de tabaco en las mujeres (y con bastante éxito, por cierto). Y, si entramos en drogas aún más normalizadas y que suelen generar menos problemas de salud, como la cafeína, básicamente sólo encontraremos ejemplos de representación positiva.
Con las drogas ilegales, es más difícil encontrar historias que no las muestren de forma negativa. Y el cine aún estaba en pañales cuando se prohibieron el cannabis, la cocaína o el opio y sus derivados, por lo que difícilmente tuvimos oportunidad de ver su consumo representado en pantalla cuando aún eran legales. El cortometraje For his son (1912) ya representa la cocaína (en este caso, consumida en forma de ingrediente de un popular refresco) de forma negativa.
La marihuana es la droga ilegal mejor percibida socialmente, y la que se persigue con menos énfasis. Por eso, tiene sentido que sea con esta sustancia con la que vemos más representaciones de efectos positivos, en películas como El gran Lebowski (1998) y, sobre todo, en el género de comedia, con films como Friday (1995), Scary movie (2000), Jay y Bob el Silencioso contraatacan (2001) o Ali G anda suelto (2002) en las que se asocia el consumo de cannabis a la diversión. Estas apariciones en un papel secundario en comedias de humor fácil enfocadas al público adolescente llegan a evolucionar, de hecho, hasta formar un pequeño subgénero en el que el cannabis carga con la mayor parte del peso de la trama: el cine stoner (“fumado” sería la traducción más aproximada), con películas como Colega, ¿dónde está mi coche? (2000), Buen rollito (2001) o Dos colgaos muy fumaos (2004). En estas películas no sólo se muestra el cannabis como algo positivo, sino que tanto los agentes de policía como los familiares o compañeros de clase o de trabajo preocupados por el consumo de marihuana de los protagonistas suelen ser retratados, hasta cierto punto, como antagonistas; como aguafiestas, se podría decir.
Probablemente, este género no fue posible hasta que en EEUU se empezó a ver con mejores ojos el cannabis. Es relevante que, desde 1996, en algunos estados se legalizó la marihuana medicinal, lo que dio pie a mayor facilidad para tratar el tema en pantalla. Por ejemplo, el episodio 13×16 de Los Simpson, emitido en 2002, aprovecha el cannabis medicinal para tratar una amplia gama de efectos positivos y negativos del consumo de cannabis, quizá, incluso, en algunos aspectos, exagerando los positivos.
Mostrar otras drogas ilegales de una forma que no sea completamente negativa es menos frecuente, pero también encontramos algunos ejemplos destacables. Easy rider (1969) muestra la LSD con naturalidad: no subraya efectos positivos ni negativos. Performance (1970) tampoco parece transmitir una visión negativa de las drogas. En Crueles intenciones (1999) el consumo de cocaína no parece estar dañando la salud del personaje de Kathryn (lo que no es de extrañar, dado que consume cantidades microscópicas), aunque otros personajes mencionan que tiene una adicción. El consumo de la misma sustancia tampoco parece dar problemas en Showgirls (1995) o en Bar Bahar (2016), ni el de MDMA en Proyecto X (2012).
Pero, si queremos ir de verdad al extremo opuesto a la propaganda antidrogas, la exitosa serie británica Skins (2007-2013) es quizá el ejemplo más claro y conocido de una serie enfocada al público adolescente que presenta constantemente una amplia variedad de drogas como algo atractivo y deseable. Sus efectos están razonablemente bien mostrados, con alguna que otra excepción ocasional (como el episodio en el que cocinan con MDMA, que no describe muy acertadamente los efectos de esta sustancia ni el tiempo que tarda en hacer efecto desde que es ingerida). Pero, una y otra vez, se nos muestran los efectos positivos, sin hacer apenas hincapié en los negativos; sólo hay alguna excepción muy puntual a esto, como el inicio de la cuarta temporada. Las drogas aparecen como algo atractivo asociado a momentos de diversión y a las que básicamente ningún protagonista hace ascos.
Aún años después de su emisión, la serie continúa siendo vista por personas de todo el mundo, muchas de ellas recién entradas en la adolescencia. En TikTok, gente que aún no había nacido cuando se estrenó esta serie crea cuentas dedicadas a sus personajes. Estimar cuántos millones de adolescentes habrán visto esta serie, considerando que muchos de ellos lo habrán hecho en páginas pirata, no resulta nada fácil. ¿Cuál ha sido su influencia, entonces?
Como evidencia anecdótica, he conocido a personas que aseguran que su deseo de probar algunas sustancias empezó al ver esta serie. Por lo visto, no soy el único en haberlas conocido. La escritora Amanda Hempton acuñó el término “el efecto Effy” en un artículo en el que incluía algunas declaraciones de fans de la serie como “mi yo de 15 años quería estar fuera de fiesta y tomando drogas como ella [como Effy Stonem, uno de los personajes de Skins]”.
Pero no encontramos datos que reflejen esta idea a nivel general. De hecho, los datos más bien apuntan a lo contrario: en Reino Unido, el país en el que se emitió la serie, la tasa de consumo de drogas en adolescentes se redujo significativamente durante el tiempo en que se emitió la serie y los años posteriores.

Por supuesto, es perfectamente posible que la emisión de Skins fuera un factor que incentivaba al consumo de drogas pero que coexistiera con otros factores que lo desincentivaban y fueran éstos últimos los que prevalecieran… pero, en resumidas cuentas, si realmente Skins incentivó a los adolescentes a consumir drogas, no se puede decir que tuviera mucho impacto a nivel general. Las generaciones que se criaron viendo esta serie tomaban menos drogas y con menos frecuencia que las anteriores.
La serie de TV Euphoria (2019-actualidad) es a menudo considerada una sucesora de Skins, pero su manera de abordar las drogas es bastante distinta: para la protagonista principal, que sufre una fuerte adicción a los opioides, sólo se subrayan una y otra vez las consecuencias negativas. En algunos personajes secundarios, sí se insinuan algunos ratos de placer asociados a las drogas, pero también continuamente de la mano de consecuencias negativas. Su forma de abordar este asunto, pues, es radicalmente opuesta a la de Skins, lo que deja entrever un cambio en la forma de contar historias en estos últimos años, girando una vez más hacia la tendencia clásica de mostrar sólo consecuencias negativas del uso de drogas… y, aún así, también ha sido acusada de “romantizar” las drogas, quizá sólo porque los personajes que la consumen tengan protagonismo.
No me extrañaría, eso sí, que en algunos casos, historias que parecen pensadas para subrayar las consecuencias negativas de las drogas terminen consiguiendo el efecto contrario; al menos, en algunas de sus escenas. La película Trainspotting (1996) es un buen ejemplo de esto. Se centra en los efectos negativos de la heroína, asociándolaa a una amplia variedad de efectos secundarios desagradables, sufrimiento y tragedias. Sin embargo, también se exageran los efectos deseables de dicha sustancia, llegando a describir la sensación que produce con la frase “Toma el mejor de los orgasmos que hayas tenido, multiplícalo por mil y ni siquiera andarás cerca”; cosa que podría generar un interés considerable por ella, cuando, de hecho, ni siquiera es cierto en absoluto (si bien el alivio del síndrome de abstinencia para una persona adicta sí supone un placer muy grande, la heroína en sí misma no es ni de lejos tan placentera. Es normal que mucha gente que la prueba por primera vez vomite y ni siquiera la encuentre agradable). Presentar las drogas como más deseables de lo que son sí me parece mala idea.
A veces se hace quizá por sistema, como recurso estilístico. Es curiosa, por ejemplo, la proliferación de cámaras lentas y rostros de expresión orgásmica en escenas que representan el consumo de sustancias estimulantes en una fiesta -la lista es larga, es un recurso muy típico, pero sirvan como ejemplo Generación Éxtasis (1999), Ecstasy (2011) o Una noche fuera de control (2017)-, mientras los efectos reales poco tienen que ver con eso.
Volviendo a la mencionada Trainspotting, creo que también hay algo interesante en su secuela, T2: Trainspotting (2017). Así como la primera película estaba basada en la novela del mismo nombre escrita por Irvine Welsh, para esta secuela también había una novela en la que basarse, titulada Porno. Sin embargo, en esta ocasión la secuela cinematográfica no fue una adaptación en el sentido estricto de la secuela literaria, sino que sólo cogió unos pocos conceptos, cambiando muchos otros. Y uno de esos cambios me parece relevante: en la novela, Mark Renton, el protagonista, había pasado de ser el adicto a los opioides que era en la primera entrega a convertirse en un consumidor ocasional (mayormente de alcohol, cocaína y MDMA), que “aprendió paulatinamente a respetar las drogas, a consumirlas con moderación”. Por el contrario, en la secuela cinematográfica, en lo que se convirtió Renton es en un adicto al gimnasio que lleva 20 años sobrio. ¿Obedece este cambio a razones creativas? ¿Hace la historia más interesante? ¿Habría sido siquiera posible en estos tiempos que una película lo bastante comercial -con un presupuesto de 18 millones de dólares, en este caso- se atreviera a mostrar a un protagonista con un consumo razonablemente responsable de cocaína y MDMA, o nadie habría querido financiarla por miedo al boicot de masas enfurecidas ante la posibilidad de que se estén “romantizando” las drogas ilegales?
También podemos examinar esta cuestión a través del personaje de Sherlock Holmes, múltiples veces adaptado al cine. En las novelas y relatos originales, Holmes consume cocaína (inyectada, en una solución del 7%), cuando esta sustancia aún era legal, pero nada insinúa que este consumo sea una adicción. Sin embargo, a la hora de ser adaptado a la pantalla, si hay referencias a esto es para convertir ese consumo en adicción, como en la serie Elementary (2012-2019). La película Elemental, doctor Freud (1976) directamente se centra en dicha adicción. Quizá, cogiéndolo mucho con pinzas, se podría hablar de que hay un consumo más ocasional en las películas de Guy Ritchie -Sherlock Holmes (2009) y Sherlock Holmes: Juego de sombras (2011) y en la serie de la BBC Sherlock (2010-2017)… pero, incluso en éstas, el comportamiento del personaje parece errático o es llamado “yonqui” por otros personajes. No parece que el cine quiera contarnos historias de consumo responsable.
Quizá lo más realista y completo sería mostrar en la misma historia los efectos positivos y los negativos de las drogas. Me parecen buenos ejemplos de esto:
-La película The trip (1967), centrada en una experiencia con LSD bastante realista a lo largo de la que hay tanto momentos positivos como momentos de pánico y malestar.
-Drugstore Cowboy (1989), en la que tienen más protagonismo los peligros de la adicción, pero un personaje -interpretado por William S. Burroughs- también subraya cómo no toda persona que usa drogas termina teniendo un destino horrible.
-Martín (H) (1997), que lidia con sobredosis y malos usos de las drogas pero también con un personaje, interpretado por Eusebio Poncela, dando un discurso muy explícito acerca de cómo buscar placer en las drogas sin llegar a la adicción.
-Miedo y asco en Las Vegas (1998), mostrando efectos mayormente deseables pero también algún flashback incómodo y un brote psicótico que pone en peligro a los protagonistas.
-Groove (Con la música a tope) (2000), ambientada en una rave, con algunos personajes teniendo una buena experiencia y otros una mala en función de cómo de responsable es su consumo; y, sobre todo, mostrando un buen número de pautas de reducción de riesgos y daños.
-La serie de TV Los Soprano (1999-2007), que muestra tanto a un personaje con adicción a la cocaína -con el sufrimiento que ello supone para él y sus seres queridos- como a otros protagonistas consumiéndola ocasionalmente sin sufrir ninguna consecuencia negativa por ello.
-Treme (2010-2013), que muestra un personaje con adicción al alcohol y la cocaína, con consecuencias severas para él y para su entorno, pero un consumo recreativo de marihuana en muchos otros personajes a los que no les causa problemas, y una escena, aunque sea aislada, en la que se aplican estrategias de reducción de daños a un consumo de cocaína, cuando un personaje recomienda usar turulos limpios para evitar el riesgo de hepatitis C. No descarto que esta escena pretendiese tener cierta intención irónica, pero ahí está.
Como conclusión, invito a repasar las fechas de las películas y series que he ido mencionando y ver qué visión de las drogas transmitían: creo que se pueden apreciar ciertas tendencias que cambian con el tiempo.
En cuanto a las drogas legales, tradicionalmente han tenido una representación positiva en pantalla. En cuanto a las ilegales, siempre han prevalecido las historias en las que sólo se muestran sus consecuencias negativas, a veces exageradas. En los años 60 se empezó a suavizar un poco esta visión y aparecieron algunas películas mostrando también efectos positivos… pero pronto se revirtió la tendencia, y desde que Nixon declaró “la guerra contra las drogas” en 1971, encontrar representaciones del consumo de drogas ilegales en pantalla que no llevaran a su consumidor a un infierno de adicción, pobreza, deterioro físico y sobredosis se convirtió en algo extremadamente difícil hasta, al menos, más de dos décadas después. En los años 2000, sobre todo, volvemos a encontrar historias que muestran efectos deseables en el consumo de drogas y que a día de hoy son acusadas de “romantizarlas”, pero son más bien excepciones y parece que, desde los 2010, la tendencia vuelve a ser, nuevamente, que se estén volviendo cada vez más escasas.
Pero todo parece indicar que la propaganda que sólo muestra los efectos indeseados de las drogas ha fracasado estrepitosamente y ha sido contraproducente. Si esto es cierto para las charlas de institutos y los anuncios de TV, ¿por qué no iba a serlo para el cine, las series y otras formas de abordar el tema desde la ficción?
Quienes proponen que las drogas sólo sean abordadas en historias audiovisuales de una forma que no sean “romantizadas” y que sólo se muestren consecuencias negativas de su consumo no están proponiendo un enfoque novedoso con altas probabilidades de cambiar el mundo. Es algo que ya se ha hecho en el pasado. Se hizo durante la mayor parte de los 70, los 80 y los 90. Las generaciones criadas durante esos años han tenido las tasas más altas de consumo, adicción y sobredosis de sustancias ilegales.
Lo cierto es que las generaciones que se han criado viendo películas y series que “romantizan” las drogas han tenido menos problemas con estas sustancias que las generaciones que se criaron con historias en las que únicamente se mostraba su lado negativo. Si hay alguna relación entre una cosa y otra, no es fácil de ver.